Seguidores

jueves, 22 de enero de 2009

La casita...

La casa muy sencilla, humilde por fuera no le faltaba un detalle dentro. Desde microondas en la cocina, hasta un ordenador en el pequeño estudio, así como secador de pelo en el baño, ¡ah!, y uno de esos espejos de aumento que sirven bien para ver que próxima arruguita se está formando...

Allí quedó en encontrarse con él. Lejos del mundanal ruido. Llevaban algún tiempo de desencuentros y le daba pereza empezar de nuevo. Se había olvidado de sus regímenes alimentarios por una temporada y dejado de hacer gimnasia, que más le daba ya, ¿solo por ella lo iba a hacer? Eso sería quererse demasiado y ella no se quiere tanto.

Cuando la llamó para quedar se le ocurrieron miles de excusas que luchaban por salir de su boca mientras él formulaba la invitación para el próximo sábado, no pudo, se atropellaron entre ellas y ni una lo consiguió.

El sábado por la mañana temprano cuando llegó, él ya estaba allí esperándola salió nada más se acercó a la casa y muy atento le abrió la puerta del coche. La besó en la mejilla que fue lo que le brindó cuando le acercó sus labios, él efusivo la abrazó durante un intervalo de tiempo que se le hizo eterno.

Dentro la estaba esperando un delicioso desayuno que él sabía preparar como nadie, no tenía apetito y solo tomó café con leche. Vio decepción en sus ojos.

Tenía el periódico abierto por la página de las esquelas y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Pasó la hoja para ver que seguía y eran los sucesos locales. Cerró el periódico sin mirarle, y se fijó en la portada y en todos los titulares que la adornaban así como en la fotografía eran más de los mismo.

No tenía ni idea de cómo continuaría el día, no había sido buena idea ir allí a estar solos sin tener nada que decirse; habría sido mejor quedar en la ciudad y visitar la catedral, museos, bares, centros comerciales, cualquier cosa antes que enfrentarse a su mirada verdosa que tras aquellas gafas de corte moderno la miraba de arriba abajo como si nunca antes la hubiera visto.

Le sonrió fría. Aunque quiso ser cálida, la sonrisa murió en sus labios, tuvo que volver a intentarlo y esta vez sí lo consiguió, él le respondió con otra nada alegre, era una sonrisa triste de esas que llegan al alma. Fingió no darse cuenta y le preguntó por su actual vida. Empezó a contarle los problemas del trabajo, cómo en la fábrica se contrata a jóvenes ingenieros por el sueldo de aprendices que los nuevos jefes no se interesaban tanto por la empresa antes cómo lo hacen ahora que hay crisis y se empieza a notar la falta de pedidos.

Empezaba a aburrirse cuando cambió de tema y pasó a la política; no estaba dispuesta a hablar un sábado de política, eso se queda para mítines de los grandes partidos que no saben hacer otra cosa los domingos por la mañana. Ni hablar, con ella que no contara que se fuera a uno de estos mítines allí tendría con quien hablar largo y tendido...

Él, viendo su cara cambió de tercio, y empezó a contarle los sinsabores de la Real, los apuros del Madrid y la “suerte” del Barça; ahí se levantó y sin esperar a que acabara le preguntó si iban a dar una vuelta por los alrededores.
Le pareció buena idea, ella se cambió el calzado por unas botas de monte que había traído en el maletero del coche y una falda a cuadros escoceses abrigada y cómoda.
Empezaron a andar por un sendero que iniciaba detrás de la casa y sin mediar palabra le cogió la mano, le dejó que lo hiciera, le daba igual, llevaba mucho tiempo luchando contra sí misma y era hora de firmar sino la paz definitiva al menos una tregua.

Caminaron callados, como si no quisieran interrumpir el canto de las aves que se oían sosegando sus espíritus cuanto más se integraban en aquel apacible ambiente. No quería hablar de libros ni de pintura, ni de música, de nada, la apatía la iba atrapando cada vez más hasta que empezó a sentir asfixia mental, sintiendo que la cabeza
le iba a estallar de un momento a otro. Se paró a descansar un poco, él le tendió una botella de agua que había cogido, después de beber un poco se sintió mejor.
-¿Dónde quieres que comamos?
-Me da igual, dónde quieras.- le dijo.

Cuando volvieron de comer, él se echó en el sofá grande y ella en el pequeño y pusieron una película, pero ella se quedó dormida porque se había levantado muy temprano y también porque no había podido dormir en casi toda la noche. Cuando despertó se encontraba en la cama, le había quitado la falda y la blusa y la habitación estaba en penumbra.

Se levantó y fue al salón, le preguntó por qué no la había dejado en el sofá, omitiendo todo lo que de verdad le intrigaba y molestaba, él le contestó que en el sofá se suele coger buenos dolores de cuello y por eso la llevó. Dentro del enfado que tenía le vino una imagen que la hizo sonreír; de las tres casas en las que habían vivido en dos de ellas atravesó el umbral en brazos de él, como en esas películas americanas tan típicas. Siempre se preguntó si sus amigas lo hicieron así, y pensó que se lo iba a preguntar a todas. En la tercera casa le dijo que no, que ella atravesaba el umbral por su propio pie y, ¡vaya cara de decepción que puso!, gesto que contagió a los niños que la miraron “un poco raro”, diré.

El creyó que le sonreía sin más y le devolvió la sonrisa encantado, por lo que ya no pudo seguir regañándole, porque se iba a dar cuenta que la anterior sonrisa no formaba parte de este capítulo escrito con menos entusiasmo. ¿Cómo romper el buen ambiente que habían creado, él con su delicadeza y ella con su “agradecimiento” más sincero? ¿Cómo echar por tierra ese “momentazo”?, de… “dos notas que del laúd a un tiempo la mano arranca, y en el espacio se encuentran y armoniosas se abrazan”, como diría Bécquer
.
No llegaba hasta ese punto su amargura, de la que habría que hablar largo y tendido, de la amargura en general, quiero decir, no solo de la de ella.

Él, que nunca tira la toalla, esa tarde se la llevó al dormitorio de la casita en brazos, parecía un niño feliz con su capricho recién estrenado y ella que es de lo más maternal que se pueda encontrar...le encanta ver a los niños felices. Pensó que una golondrina no hace primavera...

Eso pensaba.


Carol



8 comentarios:

seriecito dijo...

Relato muy bien escrito, me gusta tu forma "circundante" de escribir.
Como siempre lleno de sensibilidad y nostalgia. Sin compromiso, pero coprometido.

La extensión del mismo, compensa la distancia en el tiempo con el anterior.

Efectivamente, una golondrina no hace primavera; pero la anuncia...

Como en la vida real, la propuesta del relato, retomando relaciones "congeladas"; está cargada de incertidumbre y dudas, entre mantener la cuerda tensa o aflojar... poco, mucho, muchisimo, todo...

Salu2:

Luna dijo...

Me gusta.
He etado durante toda la lectura expectante, pero deleitándome en toda esa relación de detalles que hacen magia, hacen que la mente vaya dibujando y coloreando esas escenas que narras.

Bien escrito, impregnado de misterio y futuribles...

El final, el mejor...
Abandonémonos a lo que la piel y el corazón pide...una vez más.
Al aceptar la cita, ya habia decidido abandonarse...

Un beso

ALIX dijo...

Carol toda una artista de las palabras.

besarkadas eta musutxus

Carol dijo...

Gracias por tu comentario, Seriecito, me gusta más tu final que el mio, ese "pero la anuncia" es perfecto.

Saludos.

Carol dijo...

Luna, me has hecho mucha gracia con tu comentario: "Al aceptar la cita ya había decidido abandonarse..."

Puede ser un síntoma pero no estaba tan claro.

Lo que le ocurre a esta pareja es que él está muy enamorado de ella y la quiere tal cual es. Ella en cambio se fija más en pequeños detalles que les separa que con el paso de los años dejan de tener importancia.

Por fin puede ver que es verdadero amor lo que tiene en él,un hombre bueno incapaz de aprovecharse de su debilidad cuando se duerme. Paciente, seguro de sí mismo pero sin prepotencia.

Un beso querida Luna.

P.D. Por cierto que creo que yo también voy a poner el traductor, seguiré los consejos que le das a Alix.

Carol dijo...

Gracias Alix, eres muy generosa conmigo.

Muchos, muchos musuak

Nuria dijo...

Precioso relato, bien hilvanado, con ritmo pausado, envolvente, intrigante...
A veces es necesaria una pequeña chispa para que se desencadenen los acontecimientos, para que sepamos captarlos, sentirlos, verlos...

Una situación incómoda, tensa, en la que ambos se encuentran fuera de lugar puede crear mil elucubraciones en las mentes de ambos. La falta de comunicación, de capacidad para comunicar, es una dificultad a franquear.

Repito, me gusta mucho Carol como transmites sensaciones a través de las palabras, de situaciones que cualquiera podríamos vivir.

Un abrazo

Carol dijo...

Mil gracias Nuria, eres muy amable.

Un bico.